miércoles, 15 de octubre de 2008

Te esperé y no llegaste

Tus ojos ya no están en mi norte,
los escondí debajo de mi almohada.
Desaparecieron las luces de otoño,
marcharon a buen puerto recóndito.

Invierno trajo tempestades de calma,
me adentré en el laberinto de tu alma.
Allí prendí fuego a un papel blanco,
para refugiarme de tu desencanto.

Tú corazón de cristal es traslúcido
y demasiado fuerte para mi suerte.
Frágil, pero a la vez desobediente;
se marchó como un ave silvestre.

Verano escondió muy bien sus cartas.
Yo miraba a través de la ventana.
Veía miradas que se coloreaban.
Amarillentas, rojizas, azuladas.

Esperándote estaba en mi morada.
Mordisqueando una manzana.
El gusano escapó de mis dientes.
El sol acarició su suerte.