La máscara del susodicho.
Atrayendo al melancolizo.
Flores negras en tu aliento.
Paisaje oscuro del desecho.
De un baúl saqué tú anhelo.
Floreados nocturnos en tu rostro.
Tierra sumida en el despojo
y la luna acariciando al viento.
Apesadumbrada y tan muerta
suspirabas por tus rosas negras.
Oscuras brumas en la tempestad,
allí alimentaste tu insensibilidad.
Aquella que vez no es Diana.
Ni la sonrisa desierta de ella.
El castillo que la cubre de aura,
refleja las tinieblas de su demencia.
Flores brunas para tapar su tumba.
Rosas negras en la incandescencia.
Ramilletes de enredaderas y
sobriedad de una luna nocturna.
Allí nacen las cumbres heladas
y los pajarillos gorgojean con primor
acercándose a la primavera por la mañana.
Los nidos cubren con pajilla de la pradera,
en las ramas nacen intensos cantares.
Cantidad de comida, de anido y enjambres.
Debajo de la blanquecina nieve y entre árboles,
los riachuelos corretean inquietos y traviesos,
llevándose entre espaldas, dulces manjares.
Los frutales nacieron, la primavera los enamoró.
Les dio mimo, calor y alimento de su dulce corazón.
Atrayendo aromas perdidos del manto sumiso.
Los frutales cayeron, el otoño los balanceó,
entre maleza sombría y de colores alegres,
una pequeña ardilla engullía una nuez podrida.
Transportados mis sueños hacia ti.
Son miles de abejas creando la hiel,
ella saboreará tu piel contra mi piel.
Efímera y clandestina misericordia,
allí se clavaron los ojos del veneno,
Cristales dolidos de un mal recuerdo.
Allí sembraste tu cruz de ojos muertos,
para envenenar mi ardor sediento de cenizas,
olvidándoos falsos recuerdos semblantes.
La muerte corpulenta que abre puertas,
de arenisca transformada en piedras y
florerillas silvestres cubriendo mi aura.
Perezoso cantar del distraído despertar,
aquella noche no quisiste desayunarme
moriste en mi fuego llameante del desanime.
Las horas terminaban de marcarse en el reloj de tu mano, y yo al lado tuyo. Grisácea y ennegrecida, así pasaba la tarde por encima de nuestras cabezas. El príncipe de la dulce pena, y la princesa de tristeza engalanada, ambos sostenían sus manos, se abrazaban y sentían el hálito viento y cálido movimiento, de ver pasar al diluvio nocturno. Esa escarcha que rocía los helechos por la mañana, que satisface al aluvión sembrándolo de nostalgia, para erigir esa pequeñísima parte de enjundia conocida como melancolía. Y pasaron los segundos, los minutos y las horas y de ahí la noche cayó en la solitaria voz del susurro; entonces desapareció la tristeza, así como cualquier chispa de sufrimiento para que las gotitas del diluvio universal se desintegraran en las hojas de la selva arbórea.
¿Por qué no me siento?
¿Por qué tampoco te siento?
¿Por qué no puedo sostener tu mano?
No puedo olvidar tus marchitos recuerdos.
Y quiero celebrarte
al son de un vals en mis adentros.
Mi llanto se detuvo.
¿Por qué no puedo amarte?
¿Por qué no me amas?
¿A caso no te doy lo que pides?
Ahora me dices la verdad y…
¿Tan sólo soy un estorbo?
Quiero saberlo todo.
Confía en mí, descubriré tu rostro,
he de quitar tu velo y mirar tus ojos.
En un principio llenaste mi alma,
de tu belleza, y de tu esperanza.
Somos diferentes, pero no pasa nada.
Aunque mi amor es sincero, tú no lo amas.
¿Por qué no me siento?
¿Por qué no sostengo tú mano?
Nunca me hablaste de sufrimiento,
únicamente ahora me siento desecho.
La llegada del romanticismo.
nuestras miradas quieren comer,
es hora de juntar nuestras manos,
hechizaremos los ojos al mirarnos.
Pintadas de color naranja,
rojos cálidos en nuestros cuerpos.
Rosas que acompañan al sendero.
Tú mirada ocultas tras un velo.
Mirábamos cada uno para un lado.
Yo imaginaba mis labios en tu alma,
tu descendías al centro de mi vida.
Es hora de amarnos; píntanos.
Tiñe el cielo de un color amarillo,
las flores serán nuestro testigo.
Pintadas hechas con mucho cariño.
El cuadro expone amor romántico.