LOS COLORES VUELVEN A SURGIR, NOS RODEAN, NOS MIRAN, NOS HABLAN. SON INFINITOS y HABITAN CUALQUIER ESPACIO. ELLOS TIENEN PODERES MÁGICOS Y LOGRAN QUE NUESTRAS EMOCIONES PALPEN LO DESCONOCIDO.
La ricura de tu dulce carita. El parpadeo de tu melodía. Igualito a mis ojos marrones. Acurrucado como un conejillo. Durmiendo y soñando pajaritos. Revoloteas como una mariposa. Te posas sobre mi almohada blanca, de lunares rojos y manchas claras. Verdes matorrales cobijan tu aroma. Tus ojos se cierran, es hora de soñar.
Ya no hay vuelta atrás. El futuro debo afrontar. El panorama está mal. La niebla quiere mirar. El sol no quiere salir. La luna quiere dormir. Las hojas quieren caer. El río se quiere congelar. La lluvia me quiere mojar. El viento me quiere sacudir. Esto no es vida, esto es sufrir. Mi maleta pesa más de lo normal. Los ropajes me sientan fatal. Un baño quizás no venga mal. Pero no tengo a donde ir. ¿Qué debo hacer? ¿Alguna idea me puedes dar? Me siento extraño, en tierra de nadie. Ayúdame.
Roble inquieto que caíste por la mano del hombre. Cortado a destajo, como el cuello del desorden. Y las hojas cobijan tu curtida piel, a base de miel. El césped te da su fuerza, para no caer en la pena.
Actuar, huir, volar, desaparecer, extinguida tu ansia. La savia quebró tus venas de papel, déjate estremecer. Olvida que fuiste cortado, y ayuda a tus hermanastros. Las hojas tienen sed, llévalas al riacho, y dalas de beber.
Ya era invierno y el frío había llegado. El brasero calentaba nuestras manos. La cortina de la ventana vestía de morado. Las enagüillas arropaban nuestros desánimos.
Una pared se coloreaba de blanco paz, así como las palomas del campanario. Cándido para alegrar tu vista veraz. Alegrando tus ojos de la gripe del lirio.
Era una maceta de azucenas dormidas. Ella agradaba mi vista de águila rapaz. Custodiaba mi esencia a azahar. Sembrándome de vida, y bienestar.
Pequeños portazos en la recamara. La ventisca azul agitaba mi alma. El lugar donde vivir es impredecible. Inhóspito, impetuoso, sensible.
Así es el hábitat de mi dulce morada. Lo mismo puedo describirte la mar. Así como la vivencia de una tarde alocada. Esto es vida, es mi hogar.
Las horas terminaban de marcarse en el reloj de tu mano, y yo al lado tuyo. Grisácea y ennegrecida, así pasaba la tarde por encima de nuestras cabezas. El príncipe de la dulce pena, y la princesa de tristeza engalanada, ambos sostenían sus manos, se abrazaban y sentían el hálito viento y cálido movimiento, de ver pasar al diluvio nocturno. Esa escarcha que rocía los helechos por la mañana, que satisface al aluvión sembrándolo de nostalgia, para erigir esa pequeñísima parte de enjundia conocida como melancolía. Y pasaron los segundos, los minutos y las horas y de ahí la noche cayó en la solitaria voz del susurro; entonces desapareció la tristeza, así como cualquier chispa de sufrimiento para que las gotitas del diluvio universal se desintegraran en las hojas de la selva arbórea.